Debe existir. Su propia voz le sonó discorde. Se lo ha dicho por querer convencerse de su no locura. Lo repite como un mantra: mañana, tarde, noche. No importa el tiempo. Debe existir y además es hermosa. Lo hermoso sólo proviene de lo hermoso y esa voz angelical sólo debe pertenecer a un idéntico.
¿Cómo es posible que no le hubiese visto jamás? ¿Qué acaso el edifico en donde ambos viven es del tamaño de un continente? Por mucho tiempo no tuvo nada más para alimentar la certeza de su existencia que el sonido ascendente del departamento de abajo, algo que determinó llamar “la dulce presencia”
Su vida de desempleo le ha permitido estar al pendiente de su rutina, pero ni así ha logrado mirarle salir o llegar por más que corra a la ventana o abra la puerta intempestivamente. ¿De dónde viene y adónde va a tales y cuales horas?.. En su desvarío eso no tiene importancia, lo importante es que vuelve y al hacerlo retorna también la calma.
¿Qué melodía entonara hoy? ¿Qué sonido debussynico saldrá de la flauta con el afán de que lo memoricen sus dedos y estos oídos? – Exclamaba para sí tirado en la cama. Y la fantasía de la vida que esas notas le daban era como la vida misma. Lo sumergían en los pasajes de su infancia, y le daban el valor de reescribirlos en su memoria no como fueron, sino como deberían haber sido. Lo lanzaban a imaginar el futuro: el trabajo perfecto, el titulo concluido, el cuerpo atlético y junto a todo esto: ella, su voz y su flauta. Noche tras noche, tiempo tras tiempo vive de esta forma.
Quizás en otra vida se entere, que vez con vez que ella vuelve a subir las ruinosas escaleras para llegar a su habitación casi vacía, se lanza a su flauta con la esperanza de que las notas, por efecto de sortilegio desconocido atraigan a quien la saque de su rutina como camarista de hotel.